
Tras semanas de gandulería y poca creación literaria, vuelvo a las andadas.
Servidor, harto ya de guerras de medios, de subidas, de negociaciones. La actualidad es rutinaria. Refugia su interés en ese gran paraíso, a veces relacionado, que es el de la Cultura.
Cultura sí, no la cultura gubernamental de canon y subvención, no la de una TV cada vez más estúpida y vulgar digna de su princesa, no la de una educación cada vez de menor nivel -recuérdese el título del blog-, centrada en sus propios esnobismos y absurdeces, ni siquiera la de unas artes cada vez más devaluadas, visítese cualquier museo de “arte” contemporáneo y se dará uno cuenta de lo que digo.
La Cultura de verdad, entendida como manifestación más sublime de la humanidad, aquello que es capaz de cautivar y por su puesto, aquello que crea belleza.
Sumergirnos en los clásicos de la literatura y en los no tan clásicos del Cine, del Teatro del la Pintura o de la arquitectura.
Así, esta sociedad encaminada cada día más como si en una espiral sin retorno de ignorancia, zafiedad y borreguismo se encontrara –ni lo quiera Dios, que decía la folclórica-. Permítame desertar. Autoexiliarme en una utopía en la que reinara como reza la Constitución americana: la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, residiendo esa búsqueda en la cultura y el conocimiento. Dicho queda.
Servidor, harto ya de guerras de medios, de subidas, de negociaciones. La actualidad es rutinaria. Refugia su interés en ese gran paraíso, a veces relacionado, que es el de la Cultura.
Cultura sí, no la cultura gubernamental de canon y subvención, no la de una TV cada vez más estúpida y vulgar digna de su princesa, no la de una educación cada vez de menor nivel -recuérdese el título del blog-, centrada en sus propios esnobismos y absurdeces, ni siquiera la de unas artes cada vez más devaluadas, visítese cualquier museo de “arte” contemporáneo y se dará uno cuenta de lo que digo.
La Cultura de verdad, entendida como manifestación más sublime de la humanidad, aquello que es capaz de cautivar y por su puesto, aquello que crea belleza.
Sumergirnos en los clásicos de la literatura y en los no tan clásicos del Cine, del Teatro del la Pintura o de la arquitectura.
Así, esta sociedad encaminada cada día más como si en una espiral sin retorno de ignorancia, zafiedad y borreguismo se encontrara –ni lo quiera Dios, que decía la folclórica-. Permítame desertar. Autoexiliarme en una utopía en la que reinara como reza la Constitución americana: la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, residiendo esa búsqueda en la cultura y el conocimiento. Dicho queda.


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