Bueno, pues estos días he estado algo inspirado, (mucho tiempo libre) y he seguido con la historia del western. Pero esto no es una continuación del otro post, digamos que es un momento de la historia, que sucederá hacia el final del libro en el que nuestro protagonista esta hablando con el otro hombre. No se como iré encajando hilos, pero bueno, aquí esta el monólogo que suelta:
¿Sabes? El ser humano es simple. Demasiado simple.
A menudo se nos ocurren grandes ideas, valores, principios, y la mayoría de las
veces ni siquiera somos capaces de ponerlos en común. Nos pueden preguntar en
qué consiste esa idea o principio y apenas podríamos decir unas pocas palabras.
Podríamos escribir libros y libros pero el sentido siempre se acaba
desvirtuando en los ríos de palabras vacías. Así que creamos una palabra que lo
define, y nos damos por satisfechos. De muchas de estas ideas, la humanidad ha
conseguido construir enormes monumentos, elaborar piezas de arte y encumbrarlas
en lo más bellos versos jamás escritos. Pero no creo que, preguntando al autor,
este creyese que ha conseguido abarcar una minúscula parte de la idea.
Pero necesitamos ver todo. Necesitamos, antes
de ir a la cama, cerrar los ojos, y poder visualizar, aunque apenas sean unos
segundos, algo de esa idea. Algo por lo que iríamos a los infiernos si fuera
necesario. Y retornaríamos. Cuadros, esculturas, fotografías… o simplemente un
color. Algo. La mayoría de nosotros recurrimos a los colores. No todos somos un
Miguel Ángel, que se le va a hacer. Por eso, con los siglos, cada color ha ido
cogiendo un significado profundo, una idea de la vida que lo rodea, y lo
embulle de un gran simbolismo.
¿Acaso podemos imaginar la muerte sin el abrazo del
color negro? ¿O los aspectos buenos de la vida, sin el blanco o la luz?
¿O la pasión sin el rojo?
Pues mi color es el verde. No es el verde de la
esperanza, jodida ironía. No. Es otro tipo de verde, que me acompaña todo el
día. Un verde que, desde que entró por mis ojos, no deja de atormentarme por
dentro, y que a la vez, supongo, me mantiene en pie. Oh! Como poder decirlo.
Como poder agrupar todo lo que se me viene a la cabeza. No existen palabras ni
ideas. Todas se quedan vacías, incompletas, imperfectas. Os lo aseguro. Por ese
verde. Por ese verde daría toda la eternidad. No la daría, sino que ya se la ha
tomado. Mi vida. Mis esperanzas. Todo se perdió. Y aún sigo reviviendo esa
derrota cada noche al acostarme. Ni siquiera sé si hubo partida. Solo me queda
un consuelo. Yo tengo ese color. No se tú, ni los demás, pero yo lo tengo. Y la
imagen de donde viene. Esos ojos que te envolvían y te
tragaban. Grabados al fuego lento del tiempo y la desesperanza. Cada
mirada suya, cada vez que, por unos instantes, podías verlos de enfrente,
sabiendo que se dignaban en posarse unos segundos sobre los tuyos, era
una victoria irrepetible, dotada de un matiz épico.
Pronto comprobé que por esos momentos era el resto del día.
Y comprobé lo esquivos y efímeros que podían ser.
Te quedabas tan embelesado, quizás ese fuera uno de los problemas (estúpido,
miserable de mi) que apenas podías responder a la sonrisa que
acompañaba esos ojos, de una perfección que rayaba lo odioso, con otra mueca,
que intentaba, por lo menos, ser una sombra secundaria digna de aquella. Pero
no lo conseguía. Y enseguida los perdías. Se desvanecían. Como si nada
hubiera pasado.
De vez en cuando, vienen a mi memoria susurros,
borrados ya por el tiempo. Retumbantes en mi cabeza cual eco en desfiladeros. Y
me atormentan, vaya que si me atormentan. Porqué después de ver y oir cosas
como esas se debe morir. De forma rápida a poder ser. O vivir a su lado por
todo el tiempo que puedas. Hazme caso. Los demás son jugarretas de la
vida, o de los dioses, como tú prefieras.
Bajo ese verde te sentías genial. Quizás la palabra
exacta fuera vivo. Vivo. E imparable. Era en esos momentos cuando desafiabas a
la vida, y esta se guarda todos esos instantes. Claro que se los guarda, iluso.
Se guardaba demasiado tiempo para las represalias. Una venganza lenta, en forma
de amarga agonía. La del fluir del tiempo sin motivo alguno. La de vagar por la
vida sin destino. Y, así como se puede viajar sin maleta ni equipaje, yo, al
menos, no soy capaz de seguir un camino que no lleva a ninguna parte. Y, menos
aún, cuando mi final del camino pasó ya hace tiempo.
Toda una vida, con ese color sustituyendo el negro
de los párpados es demasiado. Un día puede contigo, y acabas reconociendo la
derrota, pero este no se aplaca. Sigue y sigue. Sin descanso. Sin combate posible,
ni piedad que valga. Por que el hombre no vive de recuerdos. No al menos de
recuerdos pasados. El hombre vive del futuro, y de lo que espera de él. Mi
futuro dejo de tener ese verde. No soporto que me lo anden recordando cada
poco. Ni se quién lo hace. Pero el jodido es eficaz.
Un día, me levante en ese pueblo desconocido,
lejos de algo que se pudiera llamar hogar, y al oír de causalidad que el
tabernero iba a entregarme, no pude menos que vaciarle dispararle varias veces.
(Os ahorrare detalles). Puede que me ensañara demasiado, porque los demás
hombres, al ver el estropicio, también intentaron detenerme.
Recuerdo haber prendido fuego a la taberna, y ver
el fuego de color verde. Y recuerdo ver la sangre del tabernero en mis manos,
del mismo tono. Parecía que estuviesen jugando conmigo. ¡O Santo Cielo! Me
dolía la cabeza. Muy intensamente. Parecía que las venas aprisionaban todo mi
cerebro por las órdenes de un maléfico director. Y el corazón latía, vaya que
si latía. Y no supe cómo, pero le prendí fuego a todo el pueblo. Y mate a los
hombres que intentaron sacar sus armas. Quizás, también a algún otro que no.
Maldita sea. Aquel día me apetecía fuego. Me apetecía decir a los dioses que
podía controlar algo de mi perra vida. Aunque yo sabía que no. Había perdido
una partida, que ni siquiera había jugado y esa era la verdad. Mi condena fue
ese verde, esa voz, y ese roce que siento en el brazo izquierdo. Y en el fondo
se que no los cambiaría por nada. Nada. Pero supongo, que no tengo otra opción.
Solo me queda ese verde. De lo que pudo ser y no fue.
Sinceramente, podría haberlo olvidado. Retirarme de
la partida. Yo ya sabía que estaba perdida. Levantarte de la mesa del juego y
dedicarte a otra cosa. Al vive y se feliz. Pero, ¿Sabes? La felicidad esta
sobrestimada. Es decir, yo se que el hombre puede ser feliz con cualquier cosa.
O con ninguna. Al igual que se puede ser infeliz poseyendo todo lo que te
puedas imaginar. La felicidad es más una actitud de vida que un estado.
Pero…maldita sea. Me niego. Me niego. Nunca, nunca me levantare de la mesa. Que
se queden mi felicidad ellos. Yo, necesito ese verde. Y sé que no lo tendré. Sé
que el Jaque Mate esta dado en tres jugadas, pero no puedo levantarme de la
mesa. No quiero. Quiero seguir avanzando los peones y verlos caer, sabiendo por
lo que caen. Por lo mismo por lo que el rey se verá acorralado, y los caballeros
acabaran en una carga suicida. Sabiendo que todo se decidió dos jugadas antes.
Eso da igual. Bueno, realmente todo ya da igual.
Lo peor es que no eran solo unos “ojos bonitos”.
Eso habría desaparecido al poco tiempo. No sé que es. Algo mágico supongo. La
esencia. Sé que queda raro decir eso. Pero para mí fue algo más extraño aún.
Fue, y es, supongo, algo fantástico, extraordinario. ¿Sabes? Algunos día me
apetece brindar por ella. Alzar el vaso, y gritar su nombre a los cuatro
vientos. Juas. Como una cabra. Estoy como una cabra. ¿No es, todo esto genial?
Jaja
Los días de buen tiempo. Aquellos en los que el
cielo toma un color azul intenso, de ese que levanta el ánimo a los hombres
para un nuevo día. Esos en los que el sol es tu mejor escudero. Tu único. Me
apetece salir a un lugar apartado y brindar por Ti. Y gritarle al viento, para
que te lleve el mensaje. Nunca, nunca pude olvidarte. No quise. Cada amanecer
pienso en ti. Y el dolor atenaza por completo un corazón ya demasiado marchito.
Sé que querías que te olvidara. Que nada querías de mí. Que te incomodaba. Y créeme
que no hay nada más doloroso en este mundo que ver como tus sentimientos molestan
a la otra persona. Eso duele más que las puñaladas. Mucho más. La indiferencia,
es al menos, mucho más soportable.
Pero no pude. No quise olvidarte. No me puedo
arrepentirme de lo que siento o sentí. Algunos días me salen, a borbotones todas
esas palabras que quizás te debí decir en persona, pero que en el fondo, sé que
no hubiesen cambiado nada. Palabras vacías.
Bebo en tu nombre. Por tu persona. Por tus ojos, y
tu sonrisa. Por tu voz. Y le doy gracias al Señor. Por haberme permitido estar
en tu presencia. Por haber podido oír tu risa, y ver como todo se llenaba de tu
esencia, haciendo cada cosa especial cuando tú estabas. Gracias, en parte, por
no permitir que yo te marchitara. Que mi compañía estropease tu magia, tu
felicidad.
Brindo y bebo buscando un sentido a todo esto. Un
sentido, del que estoy seguro, carece. Pero maldita sea. Lo que yo sentí por ti. Lo que siento. Eso, eso....eso está por encima del tiempo, del espacio, de mi y de los Dioses. Pero en ningún caso, esta por encima de Ti.
Y curiosamente, cuando intento recordar aquel día,
no vienen a mi memoria las imágenes de los muertos, o el fuego comiéndose todo
aquel pueblo como sería lo normal. No me atenazan las voces de pánico de las
mujeres y niños, ni los gritos de piedad de los hombres. A mi cabeza vienen
unos ojos verdes, demasiados conocidos, y la sonrisa más bella jamás esculpida
por Ellos.



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