viernes, 24 de febrero de 2012

Un Western

Este verano empece a escribir un libro...con afán de hobby más que nada. Aquí os pongo el comienzo, y ya sabéis, se aceptan consejos.




Brisa. Dulce y fresca brisa. El águila se movía por las corrientes de aire disfrutándola, puesta su mirada más allá del inmenso océano que ante ella se extendía. Sus  alas, majestuosas cual la de seres divinos quedaban bañadas por los suaves rayos de sol, llenando el espíritu y vaciando los miedos y temores.
Un ruido. No tuvo más remedio que abrir los ojos. Maldita sea. No parecía haber sido nada. Llevaba demasiado tiempo en esa celda. Ahora mismo estaba de rodillas, encadenado de pies y manos, estas últimas de forma tan estricta que debía de tener los brazos en altos si quería sentarse o arrodillarse. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Por lo menos seis días. Y él sabía que el séptimo sería el último. Ya sea por una jugarreta de Dios o por la broma pesada del tío de los cuernos, el siete había sido elegido como número.
Era el fin. Siete y horca. Estaba asumido. Tampoco había que crear un trauma. Pero lo peor eran esos seis días de inactividad. Odiaba estar apresado y más en esa pestilente celda, en la que casi no se podía mover. Es, amigos,  lo que tenía ser un prisionero peligroso…
Apenas había una ventana por la que entraban rayos de luz. Una luz insípida, de un sol cruel que azotaba esas tierras sin piedad, arrancando al hombre de sus ilusiones y esperanzas. De vez en cuando por esas mismas tierras, salía algún otro sol distinto, de esos que te llenan de gozo, pero durante los anteriores días solo había aparecido ese sol. Un castigo, una burla, una maldición. Algunas veces añoraba el sol de su niñez, en el que el alma de los hombres se bañaban, un sol acompañado por un cielo azul intenso. No un cielo mustio, no, uno de los que el azul se te queda en los ojos al cerrarlos.
La temperatura era infernal. Por su frente corrían gotas de sudor que se acababan precipitando más allá de las cejas. Las veía caer, una a una. Podría haber contado millares, y notaba como a cada una que caía el tiempo parecía volverse más lento. Eso era otra pequeña tortura.
Pasó el tiempo, y al final llego el sheriff y su ayudante. Al abrir la puerta el sheriff, sonriendo, dijo:
                -Habrá que hacer algo em… distinto ¿no?
El ayudante del sheriff vio aparecer una mueca de risa en el preso. Tenía ante el uno de los hombres más respetados y temidos de las regiones de alrededor. Su fama se había convertido en mito, y allí estaba él, preparado para su destino, riéndose de él.
Realmente el preso no tenía rencor al sheriff que lo había estado vigilando todo aquel tiempo. Él sabía que el deber era el deber. Y no le había tratado del todo mal. Al fin y al cabo, él si había cometido todos los crímenes de los que se le acusaban. Los asumia, y aceptaba también el castigo.
Era un hombre que veneraba cualquier ley. Aunque no fueran justas. Esto significaba, que aunque él se reservaba el derecho a cumplirlas o no, admiraba y respetaba a todos los que cumplían sus respectivas leyes y aceptaban sus consecuencias. Él, propiamente, se había hecho su propia ley con el paso del tiempo. Una ley que a su parecer era muy justa, pero que tenía algunos defectos como ser poco humana. Pero al fin y al cabo era un código y a él le sobraba con eso.
Al salir de la comisaria, el sol acechó de nuevo, como si pretendiera pinchar sus ojos con pequeñas agujas. Por lo menos pudo llenar sus pulmones de un aire, que aunque se alejaba mucho de ser fresco, renovaba al otro pútrido que le había acompañado durante todos esos días en la prisión.
La plaza del pueblo estaba demasiado cerca. Le hubiera gustado estirar un poco más las piernas. Vio, en cuento sus ojos se adaptaron, que se había congregado mucha gente del pueblo. Esto si era un gran espectáculo. ¿Quién quiere teatro teniendo la horca? Pudo entrever a su vez, a algunos hombres armados…Pues si que era verdad que era famoso, pensó. Fueron caminando poco a poco. Agradeció ese bonito gesto del sheriff. Cuando das tus últimos pasos experimentas nuevas sensaciones. Muchas son sensaciones completamente nuevas, pero la gran mayoría han estado presentes a lo largo de toda tu vida, si bien, son siempre relegadas de su importancia y pasan desapercibidas. Sensaciones de la niñez, de la montaña y de la llanura, de los campos de trigo y las truchas. De la familia, del calor de la sopa en invierno, de las mujeres…
Entre el público estaba prácticamente todo el pueblo, e incluso algún extranjero. Al ver venir al preso, un súbito silencio se apodero de la masa. Vieron su cara, la que aparecía por todos esos carteles que casi empapelaban diversos pueblos. Y vieron la mueca de risa en su cara. La risa de un hombre libre, sin ataduras. O la risa del mismísimo Belcebú. Esa cuestión era para gustos.
Lo cierto es que por dentro estaba riéndose. Tampoco quería empezar a reírse delante de toda esa gente en su último paseo y quedar como un loco. Nah. Se contuvo y esbozó esa mueca que le había acompañado toda su vida. Era su compañera más fiel, y la llevaría hasta la muerte. Vio al público, y lo cierto es que notó que provocaba muchas emociones, algunas contradictorias, pero lo cierto es que nunca percibió odio. Pobres infelices, pensó. Parece que algunos lo van a pasar hasta peor que yo. Pues ya son mayorcitos la mayoría. De no haberlo descubierto en su totalidad, deberían por lo menos sospecharlo. Lo que la vida nos depara. Lo que la vida misma es. Otra cosa no, pero eso él lo tenía lo creía muy claro, y se alegraba que su vida no finalizase en ignorancia e incomprensión.
El aire, aunque sofocante, tenía la virtud de ser del último que respiraría y eso era un lujo. Lo notaba en los pulmones, en su sangre, en su cabeza, notaba su viaje por todo el cuerpo.
Un individuo de la primera fila llamó su atención. No pudo evitar ensanchar su sonrisa. Si…era aquel individuo. El de la taberna de aquel día. Nunca pensó que él sería uno de los que le vería… ¿acaso eso era morir?…bueno…las cuestiones filosóficas y lingüísticas no le habían importado mucho en su vida – no al menos las absurdas- y no pretendía que le importasen ahora. Si… aquel individuo había empezado a entender… Una vela que se consumía como otras cualquieras, de pronto logro rejuvenecer, logro prender gracias a otro combustible inagotable. Logro agarrarse a la esencia de la vida misma. Si, aquel ser, aquel día empezó a comprender.

No hay comentarios:

Publicar un comentario