Brisa. Dulce y fresca brisa. El águila se movía por las
corrientes de aire disfrutándola, puesta su mirada más allá del inmenso océano
que ante ella se extendía. Sus alas,
majestuosas cual la de seres divinos quedaban bañadas por los suaves rayos de
sol, llenando el espíritu y vaciando los miedos y temores.
Un ruido. No tuvo más remedio que abrir los ojos. Maldita
sea. No parecía haber sido nada. Llevaba demasiado tiempo en esa celda. Ahora
mismo estaba de rodillas, encadenado de pies y manos, estas últimas de forma
tan estricta que debía de tener los brazos en altos si quería sentarse o
arrodillarse. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Por lo menos seis días. Y él sabía
que el séptimo sería el último. Ya sea por una jugarreta de Dios o por la broma
pesada del tío de los cuernos, el siete había sido elegido como número.
Era el fin. Siete y horca. Estaba asumido. Tampoco había que
crear un trauma. Pero lo peor eran esos seis días de inactividad. Odiaba estar
apresado y más en esa pestilente celda, en la que casi no se podía mover. Es,
amigos, lo que tenía ser un prisionero
peligroso…
Apenas había una ventana por la que entraban rayos de luz.
Una luz insípida, de un sol cruel que azotaba esas tierras sin piedad,
arrancando al hombre de sus ilusiones y esperanzas. De vez en cuando por esas
mismas tierras, salía algún otro sol distinto, de esos que te llenan de gozo,
pero durante los anteriores días solo había aparecido ese sol. Un castigo, una
burla, una maldición. Algunas veces añoraba el sol de su niñez, en el que el
alma de los hombres se bañaban, un sol acompañado por un cielo azul intenso. No
un cielo mustio, no, uno de los que el azul se te queda en los ojos al
cerrarlos.
La temperatura era infernal. Por su frente corrían gotas de
sudor que se acababan precipitando más allá de las cejas. Las veía caer, una a
una. Podría haber contado millares, y notaba como a cada una que caía el tiempo
parecía volverse más lento. Eso era otra pequeña tortura.
Pasó el tiempo, y al final llego el sheriff y su ayudante.
Al abrir la puerta el sheriff, sonriendo, dijo:
-Habrá
que hacer algo em… distinto ¿no?
El ayudante del sheriff vio aparecer una mueca de risa en el
preso. Tenía ante el uno de los hombres más respetados y temidos de las
regiones de alrededor. Su fama se había convertido en mito, y allí estaba él,
preparado para su destino, riéndose de él.
Realmente el preso no tenía rencor al sheriff que lo había
estado vigilando todo aquel tiempo. Él sabía que el deber era el deber. Y no le
había tratado del todo mal. Al fin y al cabo, él si había cometido todos los
crímenes de los que se le acusaban. Los asumia, y aceptaba también el castigo.
Era un hombre que veneraba cualquier ley. Aunque no fueran
justas. Esto significaba, que aunque él se reservaba el derecho a cumplirlas o
no, admiraba y respetaba a todos los que cumplían sus respectivas leyes y
aceptaban sus consecuencias. Él, propiamente, se había hecho su propia ley con
el paso del tiempo. Una ley que a su parecer era muy justa, pero que tenía
algunos defectos como ser poco humana. Pero al fin y al cabo era un código y a
él le sobraba con eso.
Al salir de la comisaria, el sol acechó de nuevo, como si
pretendiera pinchar sus ojos con pequeñas agujas. Por lo menos pudo llenar sus
pulmones de un aire, que aunque se alejaba mucho de ser fresco, renovaba al
otro pútrido que le había acompañado durante todos esos días en la prisión.
La plaza del pueblo estaba demasiado cerca. Le hubiera
gustado estirar un poco más las piernas. Vio, en cuento sus ojos se adaptaron,
que se había congregado mucha gente del pueblo. Esto si era un gran
espectáculo. ¿Quién quiere teatro teniendo la horca? Pudo entrever a su vez, a
algunos hombres armados…Pues si que era verdad que era famoso, pensó. Fueron
caminando poco a poco. Agradeció ese bonito gesto del sheriff. Cuando das tus
últimos pasos experimentas nuevas sensaciones. Muchas son sensaciones
completamente nuevas, pero la gran mayoría han estado presentes a lo largo de
toda tu vida, si bien, son siempre relegadas de su importancia y pasan
desapercibidas. Sensaciones de la niñez, de la montaña y de la llanura, de los
campos de trigo y las truchas. De la familia, del calor de la sopa en invierno,
de las mujeres…
Entre el público estaba prácticamente todo el pueblo, e
incluso algún extranjero. Al ver venir al preso, un súbito silencio se apodero
de la masa. Vieron su cara, la que aparecía por todos esos carteles que casi
empapelaban diversos pueblos. Y vieron la mueca de risa en su cara. La risa de
un hombre libre, sin ataduras. O la risa del mismísimo Belcebú. Esa cuestión
era para gustos.
Lo cierto es que por dentro estaba riéndose. Tampoco quería empezar
a reírse delante de toda esa gente en su último paseo y quedar como un loco.
Nah. Se contuvo y esbozó esa mueca que le había acompañado toda su vida. Era su
compañera más fiel, y la llevaría hasta la muerte. Vio al público, y lo cierto
es que notó que provocaba muchas emociones, algunas contradictorias, pero lo
cierto es que nunca percibió odio. Pobres infelices, pensó. Parece que algunos
lo van a pasar hasta peor que yo. Pues ya son mayorcitos la mayoría. De no
haberlo descubierto en su totalidad, deberían por lo menos sospecharlo. Lo que
la vida nos depara. Lo que la vida misma es. Otra cosa no, pero eso él lo tenía
lo creía muy claro, y se alegraba que su vida no finalizase en ignorancia e
incomprensión.
El aire, aunque sofocante, tenía la virtud de ser del último
que respiraría y eso era un lujo. Lo notaba en los pulmones, en su sangre, en
su cabeza, notaba su viaje por todo el cuerpo.
Un individuo de la primera fila llamó su atención. No pudo
evitar ensanchar su sonrisa. Si…era aquel individuo. El de la taberna de aquel
día. Nunca pensó que él sería uno de los que le vería… ¿acaso eso era morir?…bueno…las
cuestiones filosóficas y lingüísticas no le habían importado mucho en su vida –
no al menos las absurdas- y no pretendía que le importasen ahora. Si… aquel
individuo había empezado a entender… Una vela que se consumía como otras
cualquieras, de pronto logro rejuvenecer, logro prender gracias a otro
combustible inagotable. Logro agarrarse a la esencia de la vida misma. Si, aquel
ser, aquel día empezó a comprender.



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