martes, 10 de abril de 2012

Plus Morten

Bueno, este ya es el ultimo post que tratara sobre el western, no quiero yo volverme un cansino. El final de la historia.




Le colocaron la soga al cuello y le hicieron subirse a la banqueta. Se aseguraron de que todo estuviese colocado adecuadamente. Era en estos momentos, cuando la gente comenzaba a preguntarse si el cuello se rompería nada más caer el cuerpo, con la consecuente muerte rápida o si por el contrario, al final de toda su miserable vida, el condenado tendría que soportar unos intensos momentos de asfixia, antes de que llegase el fuego eterno. La mayoría prefería, ya de haber aguantado el sol tanto rato, la segunda opción. Daba más espectáculo.
El verdugo estaba, ya, dispuesto a abrir la trampilla. Esperaba la señal del sheriff. Ese breve contacto de ojos y la ligera afirmación de la barbilla. Fue entonces cuando todos se sorprendieron. El condenado habló. La palabras resonaron por la plaza del pueblo, ante el súbito silencio que se había producido. Un silencio ganado tanto por el respeto como por el miedo. El ultimo silencio, a cambio de una vida.
       -Eh, tu, maldito cabrón. Más te vale entregar esa carta. O te perseguiré. Por toda la eternidad. Y sabes que lo haré.- Y rió. Rió lo que no había reído en mucho tiempo. No era, esta vez, su risa mordaz e irónica que le había acompañado a lo largo de toda su vida. Su única acompañante, su fiel protectora. Era una risa completa, plena. De esas que desahogan el alma. De las que la evacuan. William no pudo menos que devolverle una tímida sonrisa, acompañado de un asentimiento. Maldito cabrón. Y entonces, el sheriff dio la señal.
.....

Tardo meses, pero al final, quiso la fortuna que William y la carta llegasen a buen puerto. Y, una vez en tierra, no le fue difícil atar los pocos cabos que quedaban sueltos. Para no haberla visto desde hacía decenios, o había tenido mucha suerte o ni siquiera entonces dejaba de sorprenderle. País, ciudad, barrio, familia. Solo faltaba un número y el horario de visitas. Llego al barrio y preguntó por ella. Enseguida la localizó. Estaba dando un paseo, con un señor de buena pinta.
           -          Disculpe mi atrevimiento señora, pero hace tiempo me comprometí a entregar una carta. ¿No se llamará usted, por causalidad, (nombre)?
           -       Así es, joven.
           -          Me alegra oír eso, le traigo una carta. Le diría de quien va dirigido, pero, a decir verdad, nunca me dijo su nombre. Buenas tarde, señores.
Le dio la carta y se alejo.
 Vio cómo, no sin cierta sorpresa, la dama cogía la carta y iba, junto con su acompañante, a un viejo banco a la sombra. Rompió el sello verde, y la comenzó a leer.
(…)




Bea
Realmente no sé cómo empezar esta carta. No sé, ni siquiera que me mueve a hacerlo. Hace mucho que deje de creer en los porqués. Y sin embargo aquí me tienes, intentando responder a uno. Quizás un ‘querida Bea’ hubiera quedado bien como encabezado. Pero me pareció que sería demasiado atrevido. Como si ese ‘querida’ necesitase una retroalimentación que no posee. Un ‘Bea’ a secas me pareció una buena opción. Ya sabes, posiblemente sea lo único que conozcas de mí, soy un hombre de pocas palabras. Casi ninguna. Y no es por  timidez. Tiempo ya aprendí que lo que piensen los demás de ti es de lo más secundario en esta vida. Descubrí que no necesitaba su aceptación, ni en la mayoría de los casos, su ayuda. Que si te comportabas de acuerdo con tu conciencia, siempre podrías hacer lo adecuado. Aunque esto no te beneficiará a ti mismo. Eso era lo de menos.
No es por eso lo de mis pocas palabras. Simplemente es que, yo tengo una visión distinta que la mayoría de la gente sobre la vida. Yo me comprometo con lo que digo. Cuando digo algo en voz alta, ha sido meditado largo tiempo, y sale de forma definitiva. Sus consecuencias son tomadas hasta el final. El más negro final. Esto hace que, casi siempre, después de una conversación, a los cinco o diez minutos, me salgan las palabras adecuadas. Pero el momento siempre ha pasado. Los mejores momentos siempre pasan rápido. Demasiado. Como en todo, siempre hay excepciones. Los comentarios sarcásticos y/o sádicos, por ejemplo, se me suelen dar bastante bien. Se me escapan casi sin pensarlos. De modo automático. Espero que nadie me los tenga en cuenta, son pocas las cosas que se me dan bien.
Si te soy sincero, pensé que con un ‘no’ me bastaría. Que escucharte decir un suave ‘no’ lo calmaría todo. Que ver tus labios moverse, acompañando al cálido sonido sería suficiente. Que, en esos precisos momentos, tus ojos romperían el hechizo. Llevaba ya tiempo sin poder soportarlo más. O, al menos, eso creía yo. Así que me decidí a decírtelo. Creí que nada tenía que perder. Que un ‘si’ sería lo más grande que me pasaría en mi perra vida. Y que un ‘no’, al menos, me dejaría seguirla como antes de conocerte. Pero me equivocaba. Mucho. Te busque, y te lo dije. Créeme que tenía preparadas otras palabras. Más ‘especiales’, supongo, para ese momento. Pero salieron las que salieron. Había un plan minucioso elaborado tras largas noches en vela, en el que nada salió del todo, y que la improvisación salvo a medias. Todo estaba pensado. Incluso tu  ‘no’ ya estaba visualizado en mi cabeza. Cuando acabo todo, pensé durante un momento, que ya podría seguir con mi vieja vida. Que todo había retornado a su punto inicial. El alpha se cerraba sobre el omega. Que podría olvidarte. Tus ojos, tu sonrisa, tu voz. Tú esencia. Que desde ese momento tu imagen no vendría a mi cabeza cada vez que viera ciertos objetos e imágenes. Que podría volver a dar paseos por el mañana, acompañado por el bello cantar de los pájaros y no pensaría en ti. Que, si andaba por la noche, la armonía de la luna y las estrellas no me jugaría malas pasadas. Que, podría volver a escuchar música. Que aquel banco en el que te esperé, o aquella calle no quedarían grabados en mi memoria como puntos negros. Pensé, iluso de mí, que tan pronto como había aparecido, podría olvidar a la mujer más maravillosa. Que aquello de lo que había estado tan convencido hacia solo un día, una semana, meses…todo aquello podría cambiar con un simple ‘no’.
Pero lo cierto, es que aquel ‘no’ no hizo desaparecer nada. Solo  esfumó mis esperanzas. Un simple ‘no’. Un simple ‘no’ y de repente todo se volvió negro.
La mayoría de la gente cree que cuando te quitan todas las esperanzas, dejas de perseguir el objetivo. Que si sabes que vas detrás de algo imposible, lo dejarás. Y que lo dejarás de buenas. Como diciendo, ‘yo ya he hecho todo lo posible, no puedo hacer más, no está a mi alcance’. Un amigo mío, me lo aseguro. Un no es tranquilizador. Por lo menos dejas de darle vueltas a la cabeza.
Pero lo cierto es que a mí, ese ‘no’, no me tranquilizó lo más mínimo. No sé si seré yo o qué, pero que te digan que lo que más deseas en esta vida es imposible, me tranquiliza lo justo. Y lo mínimo que puede hacer uno es rebelarse. Coger una rabieta, y dar unas patadas al suelo. Que el mundo se pare. Que yo me bajo aquí.
Lo prometo, lo intente. Intente seguir y olvidarte. Al menos a breves ratos. Pero pronto me di cuenta de que eso no era posible. Y que tampoco lo quería. Que no podía seguir fingiendo, que la vida, sin ti, podía tener sentido. Que la cañada no se había convertido en un acantilado sin fondo ni que, al mirarme al espejo, lograba ver algo. Que mi vida con tu ausencia podría estar completa, plena. Que podría levantarme por las mañanas sin traerte a mi memoria. Y que al acostarme, no me acompañarían tus recuerdos. No podía fingir  todo eso, porque es estúpido engañarse a uno mismo. Y lo acepte.
Acepte, que desde ese momento, ya todo carecería de sentido. Que tendría que Vagar por la vida. Que lo más que podía esperar de la vida, ya lo había extraído al conocerte.
Pero me niego. Qué se la va a hacer, soy un maldito cabezón. Puedo aceptar que he perdido. Pero a la vez no lo acepto. A la vez, cada mañana, me levanto dispuesto a librar una batalla que quedará sin recompensa. Pero no hay rendición. Ni la habrá. Hasta el final.
No sé, si alguna vez, has jugado al ajedrez. No sé, ni siquiera, sí te gusta. Pero lo cierto, es que la partida de la vida empezó ya hace mucho. Cada uno, supongo, juega su propia partida. Sin ver la cara al adversario. El que juega con las negras. Te aseguro que la mía hace ya muchas jugadas que está perdida. Que perdí la reina. Ahora, lo mejor sería tumbar tu propio rey sobre su casilla inicial, y levantarte de la mesa. Evitarle que la muerte le llegue a manos de los filos enemigos. Darle una muerte rápida, puede que incluso honorable.
Siempre he creído en el honor. Puede que, a la mayoría de la gente le parezca absurdo, pero creo en el honor. A lo mejor, esto es simplemente, porque es lo único que tengo en esta vida. La mayor parte de mi vida, ni siquiera he tenido una libertad plena. Siempre tenías que basar tus decisiones en posibles consecuencias. El miedo, hacía su aparición. Y cumplía su objetivo. Y sí no era el miedo, a lo mejor eran otras personas. O simplemente la sociedad. Así que lo primero que conseguí en esta vida fue una pequeña capa de honor. Y eso ya, no me lo quitó, ni quitará nadie. Luego, poco a poco, la libertad fue viniendo. El miedo se esfumó, debido principalmente a que ya no hay nada interesante que perder.
En este tema, mi honor, supongo, queda un tanto al margen. De hecho, me tienta mandarlo a paseo. Ahora mismo, escribiendo esto, lo veo como otra absurdez más de la vida. Como otra jugarreta. Otra espada de doble filo.
Quizás sea por eso que prefiero no tumbar al rey. No librarle de su lenta agonía. No permitir que los peones se libren de su servicio. Mandar a los caballos a una última carga heroica en la que mueran de forma absurda. Que las torres se desmoronen rodeadas de enemigos. Que la sangre riegue el campo de batalla, aunque no sirva de nada. Y no sé porque hago esto. Porque insisto en ver arrinconado a mi rey, si nada consigo con esto. Qué pretendo si el malestar que noto a cada latido no cesa, sino que se alimenta de ello. Pero todo se reduce pelear. Como animal arrinconado.
Los mejores soldados, dicen, son los que luchan sabiendo que no hay retirada posible. Que solo les queda la victoria o la muerte. Es entonces cuando luchas con todas sus fuerzas. Siempre me he preguntado que para quién serán los mejores soldados. Para ellos, que acabarán todos como carne de cañón, lo dudo mucho. Igual que no creo que se lo parezca a sus viudas o a los hijos que se quedan sin padre. Supongo que lo será para el que ve el espectáculo desde lejos. O el que gana algo con ello.
Realmente, yo creo que lo que da fuerzas a un hombre es una mezcla de rabia interna, mala leche, e ideales. La rabia interna nos la da, con el tiempo, la vida. Cuando te muestra lo que te podría dar, y no te lo da. Cuando te impulsa a luchar, y en el momento en que ya tienes barro hasta la cintura, te dice que te equivocaste de coordenadas. Cuando te das cuenta, de que no tienes nada valioso. Nada que realmente merezca la pena. Salvo tus ideales. Es, en estos momentos, cuando ya te da igual todo, y te entregas a tus sueños. Cuando desprecias a esta vida, y no la das más importancia que a otra mala noche. Llega la libertad plena. Que no está subordinada a ningún tipo de control externo, ni a otras cosas como la maravillosa cualidad de ‘ser práctico’. Que los demonios se lleven lo de ser prácticos. Luchar por nada. Bueno, luchar por que tu quieres luchar. Y, por lo que tu quieres luchar. Sin tener que rendir cuentas a nadie. Ni, siquiera, a ti mismo.
Si, creo en ideas, ideales, y otras cosas del estilo. Y, en el fondo, le resto importancia a esta vida. Quizás, demasiada. Pero comparada con la eternidad de una idea, y la importancia de lo que esta simboliza, una frágil vida apena es nada. Supongo que, por ello, los peones tienen que morir. Acompañando al rey. Por que retirarse, sería dejar un ideal vacio, sería intentar cubrir mi cobardía, insinuando que no mereció la pena. Que no merece la pena. Perderlo todo. Por esa idea. Aunque, en algunos casos, el propio ideal juegue con las negras. Aunque te este dando el fuego cruzado. Porque todo empezó por algo, y sin ese algo, no tiene sentido. Y sin sentido, puedo hacer lo que yo, en el fondo, quiera. Y si quiero luchar, lucharé, y si quiero seguir adelante, seguiré, sin que nada ni nadie me marque un absurdo sentido de la vida. Sin más objetivos que los hondos deseos de mi corazón.
Y maldita sea, no sé si será porque ha pasado demasiado tiempo. Que el olvido, a lo mejor, ha hecho su efecto. Pero algunas veces ya no sé si eres una mera persona. Una mortal. En mi mente ya has trascendido al nivel de idea. Representas algo para mi, algo que está a un mismo nivel, superior diría yo, que la libertad o que el honor. Algo que está en la cumbre. Algo en definitiva, por lo que los peones morirán. Y parece como si yo fuera el jugador blanco. Pero la realidad, me temo, es otra. Que yo apenas soy un peón. Y no veo otras piezas en el tablero. Salvo las negras. Pero da igual. En cada turno, se avanza una casilla. Hasta el final. Aunque, quizás, el rey ya se retiro hace mucho.
Y merece la pena. Claro que merece la pena. Vaya que si mereces la pena. Aunque solo sean tus recuerdos. Vidas y vidas enteras. Eso tenlo siempre presente. Puede que, viniendo de mí, no signifique mucho para ti. Pero, tenlo presente. Es la más dura verdad. Y si los demás, por alguna casualidad, no lo valoran serán una panda de estúpidos. Pero no importa, solo ten presente, que tú conoces la verdad.
Los días y meses que siguieron a ese ‘no’ fueron duros. No sé si sería tu intención, pero me daba la sensación de que me evitabas, o incluso que me despreciabas. Estúpido de mí. Si te soy sincero eso duele. Bastante. Ya sé que tú no tienes la culpa. No pretendo, con todo esto, atormentarte lo más mínimo la conciencia. Y si lo hago es que, entonces, he fallado. Claro que no tienes la culpa. Supongo que nadie tiene la culpa. O que la tengo yo. Por ser como soy. Por no poder ser bastante mejor a lo que soy. Por no poder merecerte. Pero supongo que ya nada puedo hacer con respecto a eso.
Quizás eso sea lo más duro, no saber qué hacer. Saber que, hagas lo que hagas, nada cambiara nada. Que el camino no tiene desvíos. Que no te puedes revelar. Pelear, luchar. Que aquel ‘no’ sentenció la condena más dura de la historia. La del paso inerte del tiempo. La del sinsentido. 
No sé  por qué estaré escribiendo esto. Supongo, que necesitaba verlo escrito. Supongo que es por mí, que a ti, te molestará. Pero supongo, que las posibilidades de que veas estas cartas son minúsculas. Y por eso puedo decir estas cosas. También se que tal como están las cosas, nada puede estropear mi situación. Que puestos ya ha estropear todo, lo hagamos a lo grande. Que entre indiferencia u odio, prefiero el odio. Siempre he preferido el odio a la indiferencia. A mi modo de ver, este es un sentimiento más puro (al igual que el amor) que el otro. Permíteme, por tanto, este último lujo, ya que todo comienza su decadencia. Te ofrezco, en todo caso mis disculpas. Lancemos la carta como la botella de cristal de un náufrago en una isla, que en su último escrito solo pretende decir lo bella que se mostraba una flor, al roce de los rayos de sol.
Lo bueno, supongo, de escribir esto, es que vacías las ideas. Las vuelcas sobre el papel, y así, por lo menos durante un tiempo, dejan de martillearte la cabeza.
Permíteme la insolencia de pedir que, sea quien sea, te cuide. De hecho estoy seguro de que te cuidarás tu sola. Que no necesitas a nadie. O tal vez necesitar a alguien no sea una debilidad, sino un signo de fortaleza, y yo, en el fondo, me equivoque. Eso, supongo, que es otro tema. Sea como sea, debería felicitar, si acaso lo hay, a ese cabrón hijo de puta con suerte.
Y dile de mi parte que le odio. No es que me caiga mal, o piense que simplemente es un payaso. No, nada de eso. Le odio. Con todo mi ser, con todas mis fuerzas. Y sé que él no tiene la culpa, pero en el fondo me da igual. Le odio como no he odiado a nadie, con ese sentimiento frio y turbio, que asciende del mismo sitio que el amor. Y que, si pudiera, me vengaría. Si la venganza no tuviera ninguna consecuencia, o si esta no te incluyera, me vengaría. No sé, ni siquiera, por que usa lo palabra venganza. Como si me hubiese traicionado. Y ni si quiera me conoce. Pero me vengaría, y con rabia. Supongo que el tiempo te da para almacenar muchos sentimientos. Y los negativos más que ninguno. Dile, que le vigilo.
Puede, que todo esto te parezca raro. Que para ti no fuera nada. No me extrañaría. Al fin y al cabo, yo soy yo, y tú eres tú. Compararnos sería un tanto humillante. Lo cierto es que más raro me pareció a mí al principio. Qué se la va a hacer. Estas cosas son inevitables, y aunque se pudiera cambiar, hay cosas que van de forma intrínseca con la vida. O coges todo el paquete, o nada, me temo. Tampoco, supongo, hay que ponerse trágicos. Me puedo quedar con algunos buenos momentos. Algunos buenos ratos. Nos podemos quedar con lo maravilloso de la vida, y lo que me hiciste sentir. Cosas que nunca había sentido, y que sin ti, hubiesen permanecido ocultas. Sensaciones nuevas, que me hicieron desear ser mejor persona. Cambiar.
Quizás, esto sea lo grande de la vida.  Que de algo seco e inerte como yo, alguien puede encender una hoguera. Que se consume a sí misma, pero que también da calor. Algo bueno, para variar. Y que lucha por no verse rodeada de una oscuridad que, ya, trata de engullir todo. Que algo marchito puede florecer, aunque luego se tenga que volver a marchitar. Y que todo eso, merece la pena vivirlo. Porque para una vida triste y lineal, sería mejor no venir al mundo. Ahorrarnos dolores de cabeza.
Otro amigo mío, suele decir que la vida solo es sufrimiento y vacio. Y que es esto lo que nos hace sentir vivos. Y yo le digo que no. Que no es solo eso. Que podemos esperar mucho más de la vida. Y que debemos arrancarla mucho más. O al menos intentarlo. Y, supongo, que en parte le doy la razón. Que puede que sea así. Que todo comience ya en derrota. Pero, en el fondo, me doy cuenta, de que la propia vida te pide ir hacia delante. O hacia algún dado. Eso apenas tiene importancia. Que es la propia vida la que te dota de rebeldía. De ganas de luchar. De fiereza y mala leche. Que todo esto, al fin y al cabo, es la propia vida
Y ahora, supongo, iría el final. Un final espectacular quedaría bien. Pero, ya, no puedo decirte mucho más. Solo que soy tuyo y lo seré. Aunque tú no quieras. Estemos donde estemos, en lugares y tiempos distintos, soy tuyo. Solo hace falta que me llames. Que pueda volver a oír tu voz. Y cuando digo siempre, es siempre. Sé que te parecerá que soy un charlatán. Que las fuerzas se me van por la boca, y que he perdido la poca sesera que tenía. Pero no es eso. Simplemente, te digo la verdad. Que siempre, siempre, estaré a tu servicio. Sin necesitar nada a cambio. Por toda la eternidad
Adiós, querida Bea


Al finalizar la carta, dobló el papel descuidadamente y lo guardo en su bolso. Fue entonces cuando dijo, en apenas un susurro, sin ni siquiera el regalo de una breve sonrisa, una breve frase que un viento convertido a gélido se encargo de llevar a  su legítimo propietario.
           -          Me alegra que te gustasen mis ojos.
A William le hubiera gustado que en ese momento, la tierra retumbase. Que el viento se alzase y tronasen relámpagos. Pero no paso nada de eso. Todo siguió su transcurso. Inamovible. Y fue entonces, cuando alzo la vista y vio como ella abandonaba la plaza, por una callejuela, hacía el puerto. En fin, esto es todo, pensó. Bueno, esto es  la Nada.

...

La palanca se movió, y la trampilla se abrió. El cuerpo calló. No se oyó ningún crujido. La cuerda se tenso rápidamente, mientras el cuerpo se revolvía. Unos instantes. Muy breves para muchos, largos para otros. Llego el final. Un cuerpo inerte, que oscilaba ligeramente. Uno, dos, tres.



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