Le colocaron la soga al cuello y
le hicieron subirse a la banqueta. Se aseguraron de que todo estuviese colocado
adecuadamente. Era en estos momentos, cuando la gente comenzaba a preguntarse
si el cuello se rompería nada más caer el cuerpo, con la consecuente muerte
rápida o si por el contrario, al final de toda su miserable vida, el condenado
tendría que soportar unos intensos momentos de asfixia, antes de que llegase el
fuego eterno. La mayoría prefería, ya de haber aguantado el sol tanto rato, la
segunda opción. Daba más espectáculo.
El verdugo estaba, ya, dispuesto
a abrir la trampilla. Esperaba la señal del sheriff. Ese breve contacto de ojos
y la ligera afirmación de la barbilla. Fue entonces cuando todos se sorprendieron.
El condenado habló. La palabras resonaron por la plaza del pueblo, ante el
súbito silencio que se había producido. Un silencio ganado tanto por el respeto
como por el miedo. El ultimo silencio, a cambio de una vida.
-Eh, tu,
maldito cabrón. Más te vale entregar esa carta. O te perseguiré. Por toda la
eternidad. Y sabes que lo haré.- Y rió. Rió lo que no había reído en mucho
tiempo. No era, esta vez, su risa mordaz e irónica que le había acompañado a lo
largo de toda su vida. Su única acompañante, su fiel protectora. Era una risa completa, plena. De esas que desahogan el alma. De las que la evacuan. William
no pudo menos que devolverle una tímida sonrisa, acompañado de un asentimiento.
Maldito cabrón. Y entonces, el sheriff dio la señal.
.....
Tardo meses, pero al final,
quiso la fortuna que William y la carta llegasen a buen puerto. Y, una vez en
tierra, no le fue difícil atar los pocos cabos que quedaban sueltos. Para no
haberla visto desde hacía decenios, o había tenido mucha suerte o ni siquiera
entonces dejaba de sorprenderle. País, ciudad, barrio, familia. Solo faltaba un
número y el horario de visitas. Llego al barrio y preguntó por ella. Enseguida
la localizó. Estaba dando un paseo, con un señor de buena pinta.
-
Disculpe mi atrevimiento señora, pero hace tiempo
me comprometí a entregar una carta. ¿No se llamará usted, por causalidad, (nombre)?
- Así es, joven.
-
Me alegra oír eso, le traigo una carta. Le diría
de quien va dirigido, pero, a decir verdad, nunca me dijo su nombre. Buenas
tarde, señores.
Le dio la carta y se alejo.
Vio cómo, no sin cierta sorpresa, la dama cogía
la carta y iba, junto con su acompañante, a un viejo banco a la sombra. Rompió
el sello verde, y la comenzó a leer.
(…)
Bea
Realmente no sé cómo empezar
esta carta. No sé, ni siquiera que me mueve a hacerlo. Hace mucho que deje de
creer en los porqués. Y sin embargo aquí me tienes, intentando responder a uno.
Quizás un ‘querida Bea’ hubiera quedado bien como encabezado. Pero me pareció
que sería demasiado atrevido. Como si ese ‘querida’ necesitase una
retroalimentación que no posee. Un ‘Bea’ a secas me pareció una buena opción.
Ya sabes, posiblemente sea lo único que conozcas de mí, soy un hombre de pocas
palabras. Casi ninguna. Y no es por
timidez. Tiempo ya aprendí que lo que piensen los demás de ti es de lo
más secundario en esta vida. Descubrí que no necesitaba su aceptación, ni en la
mayoría de los casos, su ayuda. Que si te comportabas de acuerdo con tu
conciencia, siempre podrías hacer lo adecuado. Aunque esto no te beneficiará a
ti mismo. Eso era lo de menos.
No es por eso lo de mis pocas
palabras. Simplemente es que, yo tengo una visión distinta que la mayoría de la
gente sobre la vida. Yo me comprometo con lo que digo. Cuando digo algo en voz
alta, ha sido meditado largo tiempo, y sale de forma definitiva. Sus consecuencias
son tomadas hasta el final. El más negro final. Esto hace que, casi siempre,
después de una conversación, a los cinco o diez minutos, me salgan las palabras
adecuadas. Pero el momento siempre ha pasado. Los mejores momentos siempre
pasan rápido. Demasiado. Como en todo, siempre hay excepciones. Los comentarios
sarcásticos y/o sádicos, por ejemplo, se me suelen dar bastante bien. Se me
escapan casi sin pensarlos. De modo automático. Espero que nadie me los tenga
en cuenta, son pocas las cosas que se me dan bien.
Si te soy sincero, pensé que
con un ‘no’ me bastaría. Que escucharte decir un suave ‘no’ lo calmaría todo.
Que ver tus labios moverse, acompañando al cálido sonido sería suficiente. Que,
en esos precisos momentos, tus ojos romperían el hechizo. Llevaba ya tiempo sin
poder soportarlo más. O, al menos, eso creía yo. Así que me decidí a decírtelo.
Creí que nada tenía que perder. Que un ‘si’ sería lo más grande que me pasaría
en mi perra vida. Y que un ‘no’, al menos, me dejaría seguirla como antes de
conocerte. Pero me equivocaba. Mucho. Te busque, y te lo dije. Créeme que tenía
preparadas otras palabras. Más ‘especiales’, supongo, para ese momento. Pero
salieron las que salieron. Había un plan minucioso elaborado tras largas noches
en vela, en el que nada salió del todo, y que la improvisación salvo a medias.
Todo estaba pensado. Incluso tu ‘no’ ya
estaba visualizado en mi cabeza. Cuando acabo todo, pensé durante un momento,
que ya podría seguir con mi vieja vida. Que todo había retornado a su punto
inicial. El alpha se cerraba sobre el omega. Que podría olvidarte. Tus ojos, tu
sonrisa, tu voz. Tú esencia. Que desde ese momento tu imagen no vendría a mi
cabeza cada vez que viera ciertos objetos e imágenes. Que podría volver a dar
paseos por el mañana, acompañado por el bello cantar de los pájaros y no
pensaría en ti. Que, si andaba por la noche, la armonía de la luna y las
estrellas no me jugaría malas pasadas. Que, podría volver a escuchar música.
Que aquel banco en el que te esperé, o aquella calle no quedarían grabados en
mi memoria como puntos negros. Pensé, iluso de mí, que tan pronto como había
aparecido, podría olvidar a la mujer más maravillosa. Que aquello de lo que
había estado tan convencido hacia solo un día, una semana, meses…todo aquello
podría cambiar con un simple ‘no’.
Pero lo cierto, es que aquel
‘no’ no hizo desaparecer nada. Solo
esfumó mis esperanzas. Un simple ‘no’. Un simple ‘no’ y de repente todo
se volvió negro.
La mayoría de la gente cree
que cuando te quitan todas las esperanzas, dejas de perseguir el objetivo. Que
si sabes que vas detrás de algo imposible, lo dejarás. Y que lo dejarás de
buenas. Como diciendo, ‘yo ya he hecho todo lo posible, no puedo hacer más, no
está a mi alcance’. Un amigo mío, me lo aseguro. Un no es tranquilizador. Por
lo menos dejas de darle vueltas a la cabeza.
Pero lo cierto es que a mí,
ese ‘no’, no me tranquilizó lo más mínimo. No sé si seré yo o qué, pero que te
digan que lo que más deseas en esta vida es imposible, me tranquiliza lo justo.
Y lo mínimo que puede hacer uno es rebelarse. Coger una rabieta, y dar unas
patadas al suelo. Que el mundo se pare. Que yo me bajo aquí.
Lo prometo, lo intente.
Intente seguir y olvidarte. Al menos a breves ratos. Pero pronto me di cuenta
de que eso no era posible. Y que tampoco lo quería. Que no podía seguir
fingiendo, que la vida, sin ti, podía tener sentido. Que la cañada no se había
convertido en un acantilado sin fondo ni que, al mirarme al espejo, lograba ver
algo. Que mi vida con tu ausencia podría estar completa, plena. Que podría
levantarme por las mañanas sin traerte a mi memoria. Y que al acostarme, no me
acompañarían tus recuerdos. No podía fingir
todo eso, porque es estúpido engañarse a uno mismo. Y lo acepte.
Acepte, que desde ese momento,
ya todo carecería de sentido. Que tendría que Vagar por la vida. Que lo más que
podía esperar de la vida, ya lo había extraído al conocerte.
Pero me niego. Qué se la va a
hacer, soy un maldito cabezón. Puedo aceptar que he perdido. Pero a la vez no
lo acepto. A la vez, cada mañana, me levanto dispuesto a librar una batalla que
quedará sin recompensa. Pero no hay rendición. Ni la habrá. Hasta el final.
No sé, si alguna vez, has
jugado al ajedrez. No sé, ni siquiera, sí te gusta. Pero lo cierto, es que la partida
de la vida empezó ya hace mucho. Cada uno, supongo, juega su propia partida.
Sin ver la cara al adversario. El que juega con las negras. Te aseguro que la
mía hace ya muchas jugadas que está perdida. Que perdí la reina. Ahora, lo
mejor sería tumbar tu propio rey sobre su casilla inicial, y levantarte de la
mesa. Evitarle que la muerte le llegue a manos de los filos enemigos. Darle una
muerte rápida, puede que incluso honorable.
Siempre he creído en el honor.
Puede que, a la mayoría de la gente le parezca absurdo, pero creo en el honor.
A lo mejor, esto es simplemente, porque es lo único que tengo en esta vida. La
mayor parte de mi vida, ni siquiera he tenido una libertad plena. Siempre
tenías que basar tus decisiones en posibles consecuencias. El miedo, hacía su
aparición. Y cumplía su objetivo. Y sí no era el miedo, a lo mejor eran otras
personas. O simplemente la sociedad. Así que lo primero que conseguí en esta
vida fue una pequeña capa de honor. Y eso ya, no me lo quitó, ni quitará nadie.
Luego, poco a poco, la libertad fue viniendo. El miedo se esfumó, debido
principalmente a que ya no hay nada interesante que perder.
En este tema, mi honor,
supongo, queda un tanto al margen. De hecho, me tienta mandarlo a paseo. Ahora
mismo, escribiendo esto, lo veo como otra absurdez más de la vida. Como otra
jugarreta. Otra espada de doble filo.
Quizás sea por eso que
prefiero no tumbar al rey. No librarle de su lenta agonía. No permitir que los
peones se libren de su servicio. Mandar a los caballos a una última carga
heroica en la que mueran de forma absurda. Que las torres se desmoronen
rodeadas de enemigos. Que la sangre riegue el campo de batalla, aunque no sirva
de nada. Y no sé porque hago esto. Porque insisto en ver arrinconado a mi rey,
si nada consigo con esto. Qué pretendo si el malestar que noto a cada latido no
cesa, sino que se alimenta de ello. Pero todo se reduce pelear. Como animal
arrinconado.
Los mejores soldados, dicen,
son los que luchan sabiendo que no hay retirada posible. Que solo les queda la
victoria o la muerte. Es entonces cuando luchas con todas sus fuerzas. Siempre
me he preguntado que para quién serán los mejores soldados. Para ellos, que
acabarán todos como carne de cañón, lo dudo mucho. Igual que no creo que se lo
parezca a sus viudas o a los hijos que se quedan sin padre. Supongo que lo será
para el que ve el espectáculo desde lejos. O el que gana algo con ello.
Realmente, yo creo que lo que
da fuerzas a un hombre es una mezcla de rabia interna, mala leche, e ideales.
La rabia interna nos la da, con el tiempo, la vida. Cuando te muestra lo que te
podría dar, y no te lo da. Cuando te impulsa a luchar, y en el momento en que
ya tienes barro hasta la cintura, te dice que te equivocaste de coordenadas.
Cuando te das cuenta, de que no tienes nada valioso. Nada que realmente merezca
la pena. Salvo tus ideales. Es, en estos momentos, cuando ya te da igual todo,
y te entregas a tus sueños. Cuando desprecias a esta vida, y no la das más
importancia que a otra mala noche. Llega la libertad plena. Que no está
subordinada a ningún tipo de control externo, ni a otras cosas como la
maravillosa cualidad de ‘ser práctico’. Que los demonios se lleven lo de ser
prácticos. Luchar por nada. Bueno, luchar por que tu quieres luchar. Y, por lo
que tu quieres luchar. Sin tener que rendir cuentas a nadie. Ni, siquiera, a ti
mismo.
Si, creo en ideas, ideales, y
otras cosas del estilo. Y, en el fondo, le resto importancia a esta vida.
Quizás, demasiada. Pero comparada con la eternidad de una idea, y la importancia
de lo que esta simboliza, una frágil vida apena es nada. Supongo que, por ello,
los peones tienen que morir. Acompañando al rey. Por que retirarse, sería dejar
un ideal vacio, sería intentar cubrir mi cobardía, insinuando que no mereció la
pena. Que no merece la pena. Perderlo todo. Por esa idea. Aunque, en algunos
casos, el propio ideal juegue con las negras. Aunque te este dando el fuego
cruzado. Porque todo empezó por algo, y sin ese algo, no tiene sentido. Y sin
sentido, puedo hacer lo que yo, en el fondo, quiera. Y si quiero luchar,
lucharé, y si quiero seguir adelante, seguiré, sin que nada ni nadie me marque
un absurdo sentido de la vida. Sin más objetivos que los hondos deseos de mi
corazón.
Y maldita sea, no sé si será
porque ha pasado demasiado tiempo. Que el olvido, a lo mejor, ha hecho su
efecto. Pero algunas veces ya no sé si eres una mera persona. Una mortal. En mi
mente ya has trascendido al nivel de idea. Representas algo para mi, algo que
está a un mismo nivel, superior diría yo, que la libertad o que el honor. Algo
que está en la cumbre. Algo en definitiva, por lo que los peones morirán. Y
parece como si yo fuera el jugador blanco. Pero la realidad, me temo, es otra.
Que yo apenas soy un peón. Y no veo otras piezas en el tablero. Salvo las negras.
Pero da igual. En cada turno, se avanza una casilla. Hasta el final. Aunque,
quizás, el rey ya se retiro hace mucho.
Y merece la pena. Claro que
merece la pena. Vaya que si mereces la pena. Aunque solo sean tus recuerdos.
Vidas y vidas enteras. Eso tenlo siempre presente. Puede que, viniendo de mí,
no signifique mucho para ti. Pero, tenlo presente. Es la más dura verdad. Y si
los demás, por alguna casualidad, no lo valoran serán una panda de estúpidos.
Pero no importa, solo ten presente, que tú conoces la verdad.
Los días y meses que siguieron
a ese ‘no’ fueron duros. No sé si sería tu intención, pero me daba la sensación
de que me evitabas, o incluso que me despreciabas. Estúpido de mí. Si te soy
sincero eso duele. Bastante. Ya sé que tú no tienes la culpa. No pretendo, con
todo esto, atormentarte lo más mínimo la conciencia. Y si lo hago es que,
entonces, he fallado. Claro que no tienes la culpa. Supongo que nadie tiene la
culpa. O que la tengo yo. Por ser como soy. Por no poder ser bastante mejor a
lo que soy. Por no poder merecerte. Pero supongo que ya nada puedo hacer con
respecto a eso.
Quizás eso sea lo más duro, no
saber qué hacer. Saber que, hagas lo que hagas, nada cambiara nada. Que el
camino no tiene desvíos. Que no te puedes revelar. Pelear, luchar. Que aquel
‘no’ sentenció la condena más dura de la historia. La del paso inerte del
tiempo. La del sinsentido.
No sé por qué estaré escribiendo esto. Supongo, que
necesitaba verlo escrito. Supongo que es por mí, que a ti, te molestará. Pero supongo,
que las posibilidades de que veas estas cartas son minúsculas. Y por eso puedo
decir estas cosas. También se que tal como están las cosas, nada puede
estropear mi situación. Que puestos ya ha estropear todo, lo hagamos a lo
grande. Que entre indiferencia u odio, prefiero el odio. Siempre he preferido
el odio a la indiferencia. A mi modo de ver, este es un sentimiento más puro
(al igual que el amor) que el otro. Permíteme, por tanto, este último lujo, ya
que todo comienza su decadencia. Te ofrezco, en todo caso mis disculpas.
Lancemos la carta como la botella de cristal de un náufrago en una isla, que en
su último escrito solo pretende decir lo bella que se mostraba una flor, al
roce de los rayos de sol.
Lo bueno, supongo, de escribir
esto, es que vacías las ideas. Las vuelcas sobre el papel, y así, por lo menos
durante un tiempo, dejan de martillearte la cabeza.
Permíteme la insolencia de
pedir que, sea quien sea, te cuide. De hecho estoy seguro de que te cuidarás tu
sola. Que no necesitas a nadie. O tal vez necesitar a alguien no sea una
debilidad, sino un signo de fortaleza, y yo, en el fondo, me equivoque. Eso,
supongo, que es otro tema. Sea como sea, debería felicitar, si acaso lo hay, a
ese cabrón hijo de puta con suerte.
Y dile de mi parte que le
odio. No es que me caiga mal, o piense que simplemente es un payaso. No, nada
de eso. Le odio. Con todo mi ser, con todas mis fuerzas. Y sé que él no tiene
la culpa, pero en el fondo me da igual. Le odio como no he odiado a nadie, con
ese sentimiento frio y turbio, que asciende del mismo sitio que el amor. Y que,
si pudiera, me vengaría. Si la venganza no tuviera ninguna consecuencia, o si
esta no te incluyera, me vengaría. No sé, ni siquiera, por que usa lo palabra
venganza. Como si me hubiese traicionado. Y ni si quiera me conoce. Pero me
vengaría, y con rabia. Supongo que el tiempo te da para almacenar muchos
sentimientos. Y los negativos más que ninguno. Dile, que le vigilo.
Puede, que todo esto te
parezca raro. Que para ti no fuera nada. No me extrañaría. Al fin y al cabo, yo
soy yo, y tú eres tú. Compararnos sería un tanto humillante. Lo cierto es que
más raro me pareció a mí al principio. Qué se la va a hacer. Estas cosas son
inevitables, y aunque se pudiera cambiar, hay cosas que van de forma intrínseca
con la vida. O coges todo el paquete, o nada, me temo. Tampoco, supongo, hay
que ponerse trágicos. Me puedo quedar con algunos buenos momentos. Algunos
buenos ratos. Nos podemos quedar con lo maravilloso de la vida, y lo que me
hiciste sentir. Cosas que nunca había sentido, y que sin ti, hubiesen
permanecido ocultas. Sensaciones nuevas, que me hicieron desear ser mejor
persona. Cambiar.
Quizás, esto sea lo grande de
la vida. Que de algo seco e inerte como
yo, alguien puede encender una hoguera. Que se consume a sí misma, pero que
también da calor. Algo bueno, para variar. Y que lucha por no verse rodeada de
una oscuridad que, ya, trata de engullir todo. Que algo marchito puede
florecer, aunque luego se tenga que volver a marchitar. Y que todo eso, merece
la pena vivirlo. Porque para una vida triste y lineal, sería mejor no venir al
mundo. Ahorrarnos dolores de cabeza.
Otro amigo mío, suele decir
que la vida solo es sufrimiento y vacio. Y que es esto lo que nos hace sentir
vivos. Y yo le digo que no. Que no es solo eso. Que podemos esperar mucho más
de la vida. Y que debemos arrancarla mucho más. O al menos intentarlo. Y,
supongo, que en parte le doy la razón. Que puede que sea así. Que todo comience
ya en derrota. Pero, en el fondo, me doy cuenta, de que la propia vida te pide
ir hacia delante. O hacia algún dado. Eso apenas tiene importancia. Que es la
propia vida la que te dota de rebeldía. De ganas de luchar. De fiereza y mala
leche. Que todo esto, al fin y al cabo, es la propia vida
Y ahora, supongo, iría el
final. Un final espectacular quedaría bien. Pero, ya, no puedo decirte mucho
más. Solo que soy tuyo y lo seré. Aunque tú no quieras. Estemos donde estemos,
en lugares y tiempos distintos, soy tuyo. Solo hace falta que me llames. Que
pueda volver a oír tu voz. Y cuando digo siempre, es siempre. Sé que te
parecerá que soy un charlatán. Que las fuerzas se me van por la boca, y que he
perdido la poca sesera que tenía. Pero no es eso. Simplemente, te digo la
verdad. Que siempre, siempre, estaré a tu servicio. Sin necesitar nada a
cambio. Por toda la eternidad
Adiós, querida Bea
Al finalizar la carta, dobló el
papel descuidadamente y lo guardo en su bolso. Fue entonces cuando dijo, en
apenas un susurro, sin ni siquiera el regalo de una breve sonrisa, una breve
frase que un viento convertido a gélido se encargo de llevar a su legítimo propietario.
-
Me alegra que te gustasen mis ojos.
A William le hubiera gustado que
en ese momento, la tierra retumbase. Que el viento se alzase y tronasen
relámpagos. Pero no paso nada de eso. Todo siguió su transcurso. Inamovible. Y
fue entonces, cuando alzo la vista y vio como ella abandonaba la plaza, por una
callejuela, hacía el puerto. En fin, esto es todo, pensó. Bueno, esto es la Nada.
...
La palanca se movió, y la
trampilla se abrió. El cuerpo calló. No se oyó ningún crujido. La cuerda se
tenso rápidamente, mientras el cuerpo se revolvía. Unos instantes. Muy breves
para muchos, largos para otros. Llego el final. Un cuerpo inerte, que oscilaba
ligeramente. Uno, dos, tres.



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