domingo, 1 de abril de 2012

Las manzanas ácidas.



Salió de la posada y se sentó en los escalones de madera. Era una mañana apetecible, de esas que dan fuerzas a los hombres a seguir, al menos, un día más. Del bolsillo de su chaqueta de cuero saco una manzana verde, y una navaja. Su vieja navaja.  Partió la manzana en dos mitades, y poso una a su lado, sobre la madera. Comenzó a pelar la otra mitad. El sol daba un brillo especial a la navaja, que seguía su danza por la curvatura del fruto prohibido. Le gustaba observar esa danza, sentir como, a la vez que algunos de sus dedos giraban con delicadeza la manzana otros acompañaban al filo en su mortal descenso. De arriba abajo. En siniestra curvatura. Parecía que al acompañar al frio metal en tal curioso trance se pudiera entrar en comunión con el mismo. Sentir por un breve segundo lo que la fiel compañera te estaba contando. Historias de otros tiempos, remotas y lejanas, pero reales. Historias de cercenamientos, amputaciones, y traiciones. Historias de pasión y  sangre. De barro, y  mierda, demasiada mierda. Historias que partían de lo más profundo del hombre, y te llegaban puras, cristalinas. La piel se desprendió del futo, y cayó en perfecto equilibrio, cual rizo divino de mujer. Comió la manzana. Le gustaba el sabor ácido que tenía. No por nada en especial. Simplemente le gustaba. Muchas veces se lo había planteado. Por qué le gustaba lo que le gustaba. Por que las manzanas ácidas. Por que otras tantas cosas. Nunca había encontrado una respuesta que le convenciera. Así que simplemente se limitaba a disfrutar de sus manzanas recién peladas. Y de aquellas otras cosas que podía conseguir.
Cogió la otra mitad y repitió la danza. Un segundo rizo, de aspecto similar al anterior, rodo pronto por el suelo. Se levanto y le dio la mitad a su caballo. El caballo relincho con satisfacción.
Alzó la vista a la calle y vio como tres hombre, armados se dirigían hacia donde él se encontraba. Se volvió a sentar en los escalones. Los hombres se le acercaron a una distancia prudencial. Eras los típicos pistoleros que podías comprar con unos cuantos billetes en cualquier taberna. Dos parecían más veteranos que el tercero, que tenía pinta de recién salido del rancho familiar. El supuesto líder alzo una voz áspera y rugosa. En su cara se notaba cierta diversión.
-          El jefe quiere tener una pequeña charla amistosa contigo.  ¿Vendrás por las buenas, o por las malas? Insistió mucho en que te lleváramos con vida…solo nos pagará la mitad de lo contrario.
Una sonrisa fue toda la contestación que recibió. De hecho, esta apenas se percibió, oculta por la sombra que extendía el viejo sombrero. Alzó la mano, pidiendo ayuda para levantarse. El que había hablado, se le acerco y se la cogió. Quizás fue, simplemente un gesto automático. Sin pensarlo. Inocente, incluso. Los hombres tienden a coger las manos que se les ofrecen. La oferta de colaboración, es siempre tentadora. Pero lo cierto, es que fue estúpido. Demasiado estúpido. Seguro, que al ver aparecer aquellos ojos tras la oscura sombra, y ver como se clavaban en el, vaciando ya, de antemano, su alma, se dio cuenta. La mano que cogió no parecía débil. Al contrario. En seguida tiro de él con fuerzas. Con muchas.
El sonido que se produjo al chocar contra la pared de la taberna no fue nada espectacular. Un pequeño crujido. Había logrado apoyar los brazos a tiempo. Pero estos le dolían demasiado. Demasiado para lo poco que los sentía. Y, enseguida, notó que le agarraban del pelo. Le pareció ver un destello metálico. Descendiendo demasiado rápido. Ágil, perfecto. Armónico.
Un chorro de intensa sangre salió del cuello de aquel pobre infeliz, manchando las tablas de madera. Soltó el cuerpo inerte, no sin antes limpiar la navaja en su chaqueta.
Al girarse fue cuando oyó el click. Se giró y vio a los otros dos hombres empuñando unas pistolas, y apuntándole. No sin ciertos titubeos, que se veían en su cara, y en el sudor que corría por su frente.
Guardó la navaja, y con una de esas sonrisas suyas, dijo:
-          Ya podemos irnos. Os sigo.

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