viernes, 29 de octubre de 2010

¿Hasta donde vamos a llegar?


Corría el mes de mayo del año 1968, cuando una generación de estudiantes franceses, insatisfecha con su futuro y con el mundo de aquel entonces, se reveló contra sus mayores. Reclamaban la libertad sexual, la utopía de una paz mundial, la legalización de las drogas y en definitiva, la ruptura con toda la civilización anterior.
Uno de ellos era Fernando Sánchez-Dragó, miembro adelantado de esta generación, por aquel entonces, hippie exiliado, mochilero en el lejano Oriente.
Cuarenta años después, esos jóvenes que ya peinan canas, descreídos del marxismo y del LSD, parecen haber olvidado ya la Revolución Sexual. Así, la última de estos chavalotes ha sido poner el grito en el cielo porque Dragó, uno de sus ex-compis, ha narrado en un libro de diálogos escrito con el genial dramaturgo Albert Boadella y publicado hace dos meses, que hace 40 años en sus primeras aventuras en territorio nipón se había trajinado a dos lolitas. Estos inquisidores de lo políticamente correcto no sólo quieren sus disculpas, sino su expulsión de la cadena de televisión en la que trabaja, la retirada de sus libros y poco menos que el ostracismo de la vida pública española. He ahí el escándalo políticamente correcto de la semana.
Él, que es polemista por naturaleza, y gran creador de ficción usando como principal material su vida privada, se retracta. Se equivocó. Sí. Al decir que eran chicas de trece años- sea verdad o no-, pero por muy reprobable que sea, entra dentro del límite legal. Aquí y en Japón.
Se le tacha de pederasta, pero ¿Acaso se dice lo mismo de Antonio Machado, que se enamoró de su mujer cuando ésta tenía trece años?
Aun así se ha convertido en el cabeza de turco de la nación, por una anécdota pasada y sacada de quicio. ¿Hasta donde vamos a llegar?

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