domingo, 6 de octubre de 2013

De asedios y otras cosas.


Lo bueno de los juegos, y de los videojuegos en especial, es que, a mi modo de ver, puedes  siempre aprender cosas. Aplicables, más o menos, a la vida real. Todos los juegos, son, a su modo, una particular filosofía o estilo de vida. Con sus esquinas oscuras y siniestras. Con sus momentos de grandeza.

Los de estrategia  por ejemplo, me encantan. Sobretodo, si luego, puedes comentarlos con tus colegas. Qué tal te ha ido por Roma, Jerusalén o Numancia. ¿Cayeron ya esos herejes? Lo cierto, es que, si me dices como juegas a uno de estos juegos, te diré como eres. A grandes rasgos,  claro está.

Por ejemplo, cuando vas con tu ejército y te encuentras una ciudad enemiga. Esta situación, que se repite continuamente, presenta muchos caminos.

Lo normal, es que si quieres la ciudad, dirijas a tu ejército hacía allí. Que la rodees con un miniasedio, solo para intimidar, y exijas hablar con el comandante a cargo de la ciudad.

-¿Qué pasa, colega? Na, aquí andamos, dando una vuelta...que ¿te rindes? ¿O tenemos que petarte el ojete?

Lo cierto, es, que algunas veces, funciona a la primera. Se abren las puertas de la ciudad, y se toma pacíficamente. Pero, lo cierto, es que, estadísticamente, lo más probable, o al menos lo que a mí me pasa, es  más bien un rechazo cortés a tu propuesta inicial.

- Se la vas a meter, majete, a tu puta madre.

Es, en este punto, en el que te toca decidir. Giras la vuelta, y miras a tu ejército  Calculas fuerzas. Lo cierto, es que, aunque lo veas destrozado, malherido, roto, lo normal, es que llegados a ese punto, y nombrados a tu santa madre, decidas, que, de morir, con las botas puestas.

Una posibilidad, es arrasar la ciudad. Instalar catapultas, y destrozarla. Palmo a palmo, sin prisa. Disfrutándolo. Pero lo cierto, es que, en el fondo, nadie quiere destruir una ciudad. Demasiada belleza, quizás. Muchas otras razones, que ahora, no vienen al caso.

Otra opción, es un asedio. Un largo y aburrido asedio. Ver cómo, poco a poco, la ciudad se va marchitando. Como se apaga su vida, su resolución. Cómo cae la esperanza de que vengan de fuera en su ayuda. Y al final, quizás, tal vez consigas entrar en la ciudad. Pero no sería la misma ciudad que tú viste la primera vez. Otra, quizás. Más gris, consumida en si misma...No...Lo cierto, es que a mí, esta opción no me suele gustar mucho.

Si tu ejército no impresiona a la ciudad, quizás esta se atreva a sacar sus propias tropas a campo abierto. A atacarte a ti. Insolente muchacho, que has interrumpido su paz, con tu insignificante ejercito.

De esto, uno siempre se puede aprovechar. Colocar bien las tropas, colocar trincheras, cargas de caballería....cosas de esas.

Por último, y cuando de verdad ansias la ciudad, en el fondo sabes que solo te va a quedar una opción. Construir escaleras, y acercarte corriendo a los muros de la ciudad. Oír pasar zumbantes, a tu alrededor, los proyectiles que te arroja, esa misma ciudad, por la que estás dando tu vida. Bajar la cabeza y seguir adelante. En contra de lo que te dice el sentido común. En contra de la razón, lo obvio, de todo. Sabiendo, que probablemente, te hayas equivocado. Pero que eso fue, hace doscientos metros, y que a estas alturas da lo mismo. Que solo queda tirar para adelante. Algunos, incluso, cubrirán estos hechos con el honor, orgullo, gloria y mierdas de esas. Pero se equivocan.

Pero bueno, todo eso, es, de una u otra manera, ficción. En la vida real, lo importante no es si el general o militar al mando, quería esa ciudad en particular mucho o poco. La pregunta clave, es hasta dónde está dispuesta a llegar la ciudad. No me refiero al ejército dentro de ella. No. En el fondo, la guerra, queda lejos de ser ganada por los nobles o tácticos. Es más bien a la esencia de la ciudad. A su gente. A los sentimientos que en estas despierte el que pretende traspasar los muros de su ciudad. A sus ideales y aspiraciones. A sus emociones.


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