jueves, 28 de junio de 2012

La hoguera.

Supongo que todos tenemos de esos días. En los que todo se vuelve en tu contra. De esos, en los que no sabes que hacer. A dónde ir. En los que el mundo descubre su faceta bestial y te arrincona. Contra la pared de fríos guijarros. Es, quizás, en esos precisos instantes, en los que la rodilla cede un poco, y todo se desmorona. En los que, la idea de batirse contra todos y todo carece de todo sentido y motivación.
Las dudas, afiladas, se te clavan en la espalda. Te atrapan y te desgarran. Y aparecen miles de preguntas. Miles de porqués que  te acechan desde las sombras. Sus ojos, brillantes, parecen dar vueltas a tu alrededor,  protegidos por las sombras. Te llaman. A unirte a ellos. A adentrarse en las tinieblas, y dejar atrás ese pequeño lugar que creías era tu hogar. Ese pequeño rincón de certeza, que una vez más, vuelve a desmoronarse por sí solo. El rincón en el que podías controlar todo. O casi todo. En el que sabías porqué pasaba lo que pasaba. En el que el azote de los vientos y de las fieras era previsible, pero lo soportabas una y otra vez. Quizás, solo, por aquella hoguera que te animaba. Que brillaba y que te acompañaba. Que te regalaba un dulce calor con el que pasar aquella noche eterna. Un cálido crepitar con el que acompañar tus sueños.
La leña, nunca dura demasiado. O quizás, fuera simplemente la hoguera. Que no era la correcta. Que no era la que tú estabas buscando. Cuando empieza a agotarse, de repente te das cuenta. Que esto se acaba. Y que todas las luchas y penurias pasadas ya se han olvidado. Que no sirvieron, ni sirven para nada.
Que el antiguo calor, se ha esfumado, y que no va a volver. Que las sombras te están arrinconando. Que es hora de marchar. De buscar nuevas hogueras. De encontrar quizás la definitiva.
Pero maldita sea. Algunos nos cansamos de buscar. Nos cansamos de hogueras que se acaban. Solo queríamos, en el fondo, una puta hoguera donde pasar la noche. Que nos diera un poco de calor cuando helaba, y que regalará algo de luz. Solo un poco aunque sea. Nos buscábamos que dejaran de soplar los vientos. Ni que la fría lluvia arreciara. No pretendíamos que las bestias se volvieran apacibles. Solo buscábamos, que, entre batalla y batalla, que cada vez que salieras cubierto de barro y de mierda, hubiera una maldita hoguera. Dándote compañía. Calor y luz.
Pero se conoce que era mucho pedir. Te das cuenta, de que en realidad no lo necesitas. Que ese calor y esa luz era algo añadido. Un regalo, un don. No era, en realidad una necesidad. Que quizás, ese sea tu lugar. Aunque no haya más recompensas, ni regalos. Aunque lo bueno se haya acabado.
Por eso, hay gente que se levanta. Que a pesar de haber doblado la rodilla, pelea por erguirse. Y se apoya en esa vieja pared. Que ahora, sin hoguera, parece llena de sombras. Pero, que, sin embargo la conoce palmo a palmo. Se apoyan, y cogen su lanza. Y esperan. Esperan a su destino y a la vida. A lo que le quieran poner por delante. Sin esperanzas de ningún tipo. Sabiendo, solo, lo que tiene por detrás. Lo que en ese preciso instante, se está clavando en su espalda.

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