Las dudas, afiladas, se te
clavan en la espalda. Te atrapan y te desgarran. Y aparecen miles de preguntas.
Miles de porqués que te acechan desde
las sombras. Sus ojos, brillantes, parecen dar vueltas a tu alrededor, protegidos por las sombras. Te llaman. A
unirte a ellos. A adentrarse en las tinieblas, y dejar atrás ese pequeño lugar
que creías era tu hogar. Ese pequeño rincón de certeza, que una vez más, vuelve
a desmoronarse por sí solo. El rincón en el que podías controlar todo. O casi
todo. En el que sabías porqué pasaba lo que pasaba. En el que el azote de los
vientos y de las fieras era previsible, pero lo soportabas una y otra vez.
Quizás, solo, por aquella hoguera que te animaba. Que brillaba y que te
acompañaba. Que te regalaba un dulce calor con el que pasar aquella noche
eterna. Un cálido crepitar con el que acompañar tus sueños.
La leña, nunca dura demasiado.
O quizás, fuera simplemente la hoguera. Que no era la correcta. Que no era la
que tú estabas buscando. Cuando empieza a agotarse, de repente te das cuenta. Que
esto se acaba. Y que todas las luchas y penurias pasadas ya se han olvidado.
Que no sirvieron, ni sirven para nada.
Que el antiguo calor, se ha
esfumado, y que no va a volver. Que las sombras te están arrinconando. Que es
hora de marchar. De buscar nuevas hogueras. De encontrar quizás la definitiva.
Pero maldita sea. Algunos nos
cansamos de buscar. Nos cansamos de hogueras que se acaban. Solo queríamos, en
el fondo, una puta hoguera donde pasar la noche. Que nos diera un poco de calor
cuando helaba, y que regalará algo de luz. Solo un poco aunque sea. Nos buscábamos
que dejaran de soplar los vientos. Ni que la fría lluvia arreciara. No pretendíamos
que las bestias se volvieran apacibles. Solo buscábamos, que, entre batalla y
batalla, que cada vez que salieras cubierto de barro y de mierda, hubiera una
maldita hoguera. Dándote compañía. Calor y luz.
Pero se conoce que era mucho
pedir. Te das cuenta, de que en realidad no lo necesitas. Que ese calor y esa
luz era algo añadido. Un regalo, un don. No era, en realidad una necesidad. Que
quizás, ese sea tu lugar. Aunque no haya más recompensas, ni regalos. Aunque lo
bueno se haya acabado.
Por eso, hay gente que se
levanta. Que a pesar de haber doblado la rodilla, pelea por erguirse. Y se
apoya en esa vieja pared. Que ahora, sin hoguera, parece llena de sombras.
Pero, que, sin embargo la conoce palmo a palmo. Se apoyan, y cogen su lanza. Y
esperan. Esperan a su destino y a la vida. A lo que le quieran poner por delante.
Sin esperanzas de ningún tipo. Sabiendo, solo, lo que tiene por detrás. Lo que
en ese preciso instante, se está clavando en su espalda.



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