Era un
simple preso. El número 1812. Dicen que se escapó de un penal de Texas. Una
noche de luna llena. Y que esa misma noche, se oyeron gritos. Gritos profundos.
Gritos que surgían de lo hondo de un alma. De lo más profundo de ella. En los
que se encuentra significado. ¿Significado a qué? Me diréis. Eso da igual. Pero
ahí estaba.
También
dicen que, enseguida, se dio la voz de alarma. Que soltaron a los perros. Que
los hombres comenzaron la búsqueda. Del prófugo, del maldito. Del número 1812.
Y corrió.
Vaya que si corrió. Eso no hace falta que lo digan. Porque sabía que lo que le
perseguía, no eran hombres ni bestias. No eran castigos ni tormentos. Lo que le
perseguía, lo barrería. Lo despojaría de su pasado, presente y del futuro. De
sus sueños y esperanzas. De lo que podría ser, de lo que le mantenía en la
lucha.
Quizás fue
eso lo que permitió que no se detuviese ante el dolor. Que la cálida sangre, fuera
bien recibida. Que, cuando el fresco aire del nuevo amanecer le llenaba los
sofocados pulmones, sintiera una dicha indescriptible. Y que no parase. A
pesar, o quizás debido, a que los perros cada vez ladraban más cerca. Y detrás de
ellos, enfurecidos, rencorosos, y con la violencia propia con que la vida les había
regado, unos hombres acechaban a otro. Porque, simplemente, era lo que debían hacer.
Las reglas de un juego, al que ellos no se habían apuntado. Y que sin embargo,
ahí estaba. Marcando el tempo de la partida. Las jugadas y los enroques. La
danza ancestral, peligros y mortal que ha gobernado por estos parajes tantos y
tantos siglos. Sin que nadie, que se acuerde, se haya apuntado a ella. El preso
1812 no les guardaba rencor por eso.
Unas cuevas,
dicen, le salvaron. Se adentró en ellas. La oscuridad le baño. Y él se adentró
en ella. En su reino, en sus parajes y recovecos. Al fin, parecía, alguien le acogía.
Con los brazos abiertos. Nadie encontró pista de él. Todos, aceptaron que se había
escapado. Fugado con éxito. Felicidades 1812.
Ayer le
encontraron. A 20 metros de la entrada. Apoyado en la pared. Una pared fría, guijarros afilados. Al lado suyo, unos restos
de hoguera. Y entre sus manos, una lanza. Nadie sabe de dónde la pudo sacar.
Pero la tenía fuertemente agarrada. Con ambas manos, en posición de ataque.
Para quitársela, tuvieron que hacer palanca.
Dicen que
apestaba. Que hacía ya mucho tiempo que eso había empezado a pudrirse. Y tenían
razón. Que la calavera que mantenía la posición, encima de sus hombros, parecía
sonreír. Que no parecía, sino que estaba sonriendo. Y que desde esa posición, él
debía haberse percatado, que a 20 metros, se encontraba la salida. Que debía
haber visto la luz. La salvación. Muchos, se preguntaron, porque aquel hombre
había decidido quedarse allí. Morir de pie, con una lanza en sus manos y
sonriendo. Rodeado de oscuridad, sombras y fríos guijarros. Ninguno entendió al
hombre. Ninguno entendió al preso 1812 que había muerto sonriendo.


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