Dice la leyenda que una vez existió un hombre. Un hombre de nombre
ya olvidado, que no tenía peculiaridad en particular. Vivía su vida, y dejaba
vivir. Dice la leyenda que una mañana, al despertarse sudoroso de una
pesadilla, no se percató de que ese había sido su último sueño. Pasaron los
días, el sol se puso, la luna se escondía. El tiempo barría las hojas de las
estaciones. Y sin embargo, nada florecía dentro de él. Las noches pasaban
monótonas, tristes. Grisáceas ante la falta de colores que abrumaba
constantemente a aquel hombre.
Nunca se dio cuenta. O eso se cree. Y aunque se diese cuenta,
pareció no importarle. La vida, al fin y al cabo, le justificaba. Con su
rudeza, aspereza. Piedra que afilaba la dureza de su carácter. Piedra que
limpiaba los brotes de lo que quería salir.
Y así, poco a poco, aquel hombre empezó a enquistarse. Y a
enquistar. Algunos le advirtieron. Otro no. Él, se sentía cómodo. La razón, la
vida, la experiencia, le acompañaban. Le sostenían. Para que quería él los
sueños? La vida, al fin y al cabo, era un fin en sí mismo. Con vivirla, ya
tenía suficiente. Lo onírico ni siquiera iba con él. Vive como puedas. Vive
antes de que la Nada barra todo, y nos iguale a cenizas.
Atrapado en aquella existencia sin sueños, sin aspiraciones, sin
belleza, el hombre fue muriendo poco a poco. Sin que él, ni nadie, lo supieran.
Ante su quietud por la vida, el musgo hizo de él su reino, su dominio.
Y dice la leyenda, que nunca nadie le quito la razón. Y
que murió feliz.Con una sonrisa mecánica hizo el paso, reduciendo su existencia de hombre a
la de una mera sombra. De esas que dominan el mundo, cuando la luz, por mera
imposibilidad, no llega a todas los rincones. De esas que, simplemente, no
viven.
Alzaos con la luz de un nuevo día. Pelear, reír, sufrir. Todos
deberíamos tener ese derecho. Negar esos pensamientos. Esas certezas que nos
apagan. Otro modo de vivir es posible. Uno en el que los sueños nos abriguen
por las noches. Nos arropen y nos den calor. Que por las mañanas nos acompañen
a la salida de la cueva, y podamos ver un nuevo amanecer. Un nuevo horizonte en
el que agarrar cada minuto, cada segundo y rendirnos cuentas a nosotros mismos.
Teniendo por seguro, que nuestro esfuerzo es por algo grande. Por algo
maravilloso. Por esa pequeña hoguera, que todos tenemos en nuestro interior.
Nunca, amigos, la dejéis apagar. Porque esta puede arder con mayor o menor
intensidad, pero en el momento en el que se apague, el frio os arropara.
Darla que quemar. Prender vuestras ilusiones, sueños, fantasías. Que
estas os alumbren el día a día. Esfuerzo. Dolor. Todo, con la certeza de creer.
De creer que se pueden hacer realidad. De creer que tienes derecho a hacer tu
propio destino aunque este no sea fácil. De asumir como propio, lo que la vida
te depare. De jugar, sabiendo que el juego no acaba hasta que lo decidas tú.
Que no finaliza, hasta que tú lo ganes. Y el que te diga lo contrario, es un
iluso. Un infeliz, un mezquino. No os enterréis en certezas de otros. En
certezas probadas. Porqué en esta vida, por certeza solo tienes tu propia
existencia. Tu propia luz. ¿La vas acaso a apagar tan pronto?


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