Tú, pequeña diablo. Tú! Que, de repente, apareciste en mi
vida y, de un plumazo, barriste con todas mis certeza. Tú! Que tan rápido como
entraste en ella, te fuiste, dejándome azorado en isla desierta, isla incierta,
perdida de todo. Me costó salir de ella. Emprender el camino de no retorno.
Borrar todo lo conocido. Abrir los ojos, escuchar atento. Decidido a aprender.
Lo que estaba pasando a mí alrededor. Que es lo que me había llevado allí.
Salir al mar abierto fue difícil sabes? Al océano y más allá.
Tú! Escucha esto. Lo logre. Logre salir de la isla, de mi
estado de embobamiento, de la inconsistencia vital. He encontrado direcciones
en esta vida, motivos, actos que me impulsan.
Me he conocido. Mas de lo que jamás supuse que iba a
conocerme. He viajado, he conocido a otra gente. Otras culturas, otras maneras
de pensar. He pasado miedo, hambre y sed. Me he sentido amado.
Otras personas, otros hombres y otras mujeres. Otros sueños
que hemos compartido, hemos hablado. He visto justicia e injusticia. Pobreza y
riqueza. Amor y odio.
He pensado en silencio y en voz alta. He leído en compañía y
he escuchado las historias mas maravillosas compartidas por los hombres más
corrientes. Vi al sol ponerse, irse.Le vi iluminar paisajes únicos.
He comprendido lo que la camarería significa. He comprendido
a razonar, a entender. A preguntarme a mí mismo mi propia opinión. Ha razonarme
y justificarme.
Y perdí muchas más certezas que te habían sobrevivido.
Certezas del amor, de la verdad y del odio. De lo bueno y lo malo. Del yo y del
nosotros.
No creas que no. Que durante ese tiempo, al navegar por
océanos libres no aparecieron tormentas. Tormentas por las que vague sin
certezas. En las que fui tocado y casi hundido. En las que retrocedí más que avanzar.
Pero estas, finalmente arreciaron y el barco siguió y sigue
en pie. Maltrecho quedó, pero reparable. Y pronto volvió a navegar. Firme,
fuerte, rápido. Viento en popa, a toda vela.
Tú! Aquí estoy! Aquí sigo! Una certeza, una sola. Con la que
me presentare ante la vida. Con la que me presentare ante ti.
La certeza del Yo. La certeza de mi propia existencia, de
mis propios pensamientos y de su realidad. La certeza de mis propios derechos y
deberes. La certeza de creer en mí mismo. De lo que sentí y de lo que siento.
La certeza de mis sueños. ¿Sabés? De repente, estos
aparecieron, tal como tú lo habías dicho. Ahora los tengo, me pertenecen. Una
pequeña porción del reino de lo onírico. Y eso, a su vez, implica una hipoteca.
La obligación del esfuerzo diario. De pelear, luchar por esa pequeña parcela.
Cada día, cada instante.
Con todas mis ganas, con todo mi esfuerzo. Por la única y
absoluta razón de que me lo debo a mi mismo. A mi propio yo.
Tengo fe. Nuevo acompañante, para este nuevo viaje. Fe en
mí. En que lo lograre. No sé cuándo, ni el esfuerzo que me supondrá. Pero tengo
esa extraña sensación.
Confió, por fin. Confió en mí, y al hacer esto, confió en lo
demás.
Como decirte aquí, ahora mismo que no te necesito, y que a la vez
te quiero a mi lado. Que sin ti, sigo siendo capaz de disfrutar de los días. De
ver la belleza en el rocío de las flores, de sentir la camarería con mis amigos
y vivir plenamente. Que no te necesito! Tú! Tú que me abandonaste! Que nunca me
comprendiste! Que me malinterpretaste y no me dejaste explicarme! Que negaste
mis sentimientos, y los despreciaste!
Escúchame, tú! Todo ha cambiado. Yo he cambiado. Ahora sé lo
que quiero. Se lo que siento, por lo que peleo y por lo que sueño.
Sé lo siguiente: Qué arrebatare de la vida cada minuto, cada
instante que pueda estar a tu lado. Que intentare arreglar todo. Qué podamos
volver a hablar. Qué me vuelvas a mirar.
Y lo haré porque quiero. Y porque me lo debo. Y punto.
Escrito queda.


No hay comentarios:
Publicar un comentario