En Troya. En Ítaca. O entre el camino de ambas.
Sin sorpresas, el retorno a la realidad se vuelve viejo y conocido; los breves momentos en los que el buzón vacío me devuelve los recuerdos de ese verano pasado que fue especial. Que fue único.
El camino hasta la oficina de Correos se hacía largo y breve, en curiosa singularidad de emociones. La parada en el estanco, a por sellos, era obligatoria. Y la larga espera. Del viaje emprendido por esa carta, sin retorno y con destino claro: tus manos, tus ojos. Mi mundo.
Podría haberte llamado, escrito un whassap o mandado un correo electrónico. Al fin y al cabo, aunque no lo parezca y aunque lo acepte a regañadientes, vivo en el siglo XXI.
En su momento tuve razones claras, nítidas. El tiempo, como siempre, se ha encargado de lo suyo, y de la mayoría sólo quedan dudas.
Usé trampas; lo reconozco. No me sabía tu dirección, y la tuve que buscar por Internet. Me propuse no escribirte ninguna ñoñería; tampoco recuerdo si lo conseguí. Lo lógico hubiera sido que no, que la tinta hubiese cobrado vida propia y se hubiera atrevido a lo que yo no me atrevía, que la danza eterna de la pluma sobre el papel hubiese tenido consecuencias no previstas.
Lo digo con orgullo, y puede que también con la arrogancia de quien aún es muy joven, se me hace inevitable. Pero lo cierto es que te gustaron, ¿verdad? Y te sorprendieron. No sé si todas, pero la mayoría... viejo consuelo demócrata. Aunque luego me las echaste en cara, lo recuerdo, me las escupiste con ese gran monólogo definitivo tuyo. Tus amigas, al parecer, no lo habían visto normal. Y una vez más, contuve una carcajada. ¿Normal? ¿De eso se trataba? ¿De ser normal? ¿Tú? ¿Yo?
Sé que te gustaron, lo sé por cada una de las veces que me llamaste según las recibías. Lo sé porque estabas contenta, porque te reías y casi podía ver cómo te brillaban los ojos de emoción. Y sólo por eso todo mereció su ser.
Sigo guardando ese regalo de cumpleaños, el que me diste aquel verano. Lo protejo, tal y como te prometí. Nadie más sabe de su existencia, nadie lo ha visto, nadie lo ha escuchado; ni siquiera tus amigas.
Los días tristes y oscuros; esos días en los que uno quiere que el mundo se detenga, dice, oiga, que yo me bajo aquí. Es en esos días en los que me gusta sacar ese regalo de su caja de siete llaves, y disfrutarlo. Y el día se vuelve más oscuro; a veces, cristalino. Aunque por lo menos, deja de ser insultantemente normal. Que ya es algo.
Cierro el buzón sin retirar la publicidad que se empeñan en meter en él. Ya ves, un buzón normal, corriente. Te sonará porque el tuyo, ahora y desde hace mucho, también lo es. Es lo que querías, o lo que quería la mayoría. Ahí lo tienes, será por buzones.
La carta que prometiste. La que nunca llegó.


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