Eylau, 1807. Napoleón, al ver llegar la columna rusa, supo lo que tenía que hacer. Notaba esos ojos fríos y duros, que le maldecían más allá del campo. Hizo llegar el mensaje a Murat. Era la única esperanza del imperio.
La infantería
nunca abandonó su puesto, fiel a su leyenda. Se trataba, al fin y al cabo, del
mejor ejército de Europa. La caballería debía acudir en su ayuda. Menos
valorada, el descuidado franco daba la oportunidad de una acción heroica y
suicida. Mando un ataque total, un asedio continuado.
Y al frente de la caballería, dividiendo sus fuerzas en dos,
Murat emprendió la mayor carga de caballería de la historia. Carga total. Carga
sin cuartel.
Y mientras emprendía el galope, y mientras el silencio antes
del combate se disolvía, cerró los ojos y por primera vez, comprendió.
Comprendió la carga de los 600, en Cunaxa. Y vio a su lado a
Alejandro, en Gaugamela, a Enrique Corazón de León, en Arsuf, y a los reyes
cristianos, en las Navas de Tolosa. Una única carga de caballería, repetida por
todos los siglos.
Napoleón sonrió. La caballería estaba franqueando las
fuerzas enemigas. Le habían pillado de improviso. La soberbia que dan los
números, pensó, tenía que mostrarse en el campo de batalla. El viejo sitio
donde la única certeza es que los blancos y los negros se enturbian. La estepa
rusa, el monstruoso dragón a batir. La dulce venganza, estaba cerca, la podía
rozar con los dedos.
El trotar de los caballos, poco a poco, se convirtió en el
tictac de su propio corazón. Podía notar
esa arteria pulsante de su cabeza, y la expectación de la sala. No hubo necesidad
de dar jaque mate. Ese día de 2002, durante el torneo "Rusia contra el
Resto del Mundo", la joven Polgár derrotó a Kasparov.


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